Ficción

Relatos donde el realismo no necesita ser mágico para ser extraño.

01Ciénaga, 1987
Cuento·10 Jun 2026·12 min

La casa de los espejos rotos

Por Carlos Eduardo Vargas

Cada mañana, doña Eloísa recogía los pedazos de vidrio del patio. No eran de ninguna ventana que ella conociera.

La casa tenía doce habitaciones y ninguna puerta que cerrara bien. Los espejos, todos rotos desde antes de que doña Eloísa naciera, reflejaban fragmentos de una realidad que nadie había pedido ver. En el patio, cada amanecer, brillaban los vidrios. Ella los recogía con el delantal de su madre, murmurando oraciones que no recordaba haber aprendido.

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02Ciénaga, 1968-2026
Novela corta·28 May 2026·15 min

El último tren de la memoria

Por Diana Carolina Ruiz

La estación de Ciénaga cerró en 1968, pero cada año, el 15 de noviembre, alguien enciende las luces del andén.

Don Tito había sido el último jefe de estación. Nadie le había dicho que el tren no volvería; simplemente, un día dejó de pasar. Él siguió levantándose a las cuatro de la mañana, encendiendo las luces, barriendo el andén donde ya no caían hojas porque no había árboles, solo polvo y el recuerdo de algo que alguna vez fue urgente.

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03Río Magdalena, 2019
Cuento·20 May 2026·10 min

Historias que el río no contó

Por Javier Humberto León

El río Grande de la Magdalena guarda secretos que solo los pescadores de madrugada han escuchado.

El río hablaba a las tres de la mañana, cuando la corriente bajaba lo suficiente para que las piedras del fondo rozaran entre sí como dientes viejos. Los pescadores decían que eran los muertos de la bananera, contando lo que no habían podido contar en vida. Pero el río también guardaba silencios, y esos eran los más pesados.

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04Mercado de Ciénaga, hoy
Microrelato·5 Jun 2026·8 min

Bajo el sol de los lunes

Por Lucía Paredes

Los lunes en el mercado de Ciénaga huelen a pescado fresco y a promesas incumplidas. La gente camina más lento.

Doña Rosa vendía mangos desde antes de que el mercado tuviera techo. Conocía a cada cliente por el olor: el del abogado era a desinfectante, el del profesor a tizne, el de la viuda del coronel a nada, absolutamente a nada, como si hubiera dejado de respirar hacía años y nadie se había dado cuenta.

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