La casa de los espejos rotos
Por Carlos Eduardo Vargas
Cada mañana, doña Eloísa recogía los pedazos de vidrio del patio. No eran de ninguna ventana que ella conociera.
La casa tenía doce habitaciones y ninguna puerta que cerrara bien. Los espejos, todos rotos desde antes de que doña Eloísa naciera, reflejaban fragmentos de una realidad que nadie había pedido ver. En el patio, cada amanecer, brillaban los vidrios. Ella los recogía con el delantal de su madre, murmurando oraciones que no recordaba haber aprendido.