Buendía
Buendía“Cultura — Crónica — Comunidad”
Sección

Historias

Lo cotidiano contado con la pausa de la eternidad

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Crónica18 Jun 202614 min

El hombre que vendía sueños en botellas

Plaza de Ciénaga1983-2019

Por María Teresa Rojas

Don Anselmo llegaba los domingos con una carreta de madera pintada de azul turquesa. En ella, cientos de botellas de vidrio sostenían lo que él llamaba 'sueños capturados'.

Nadie sabía de dónde los sacaba. Algunos decían que los pescaba en el río de madrugada, cuando la bruma era más densa. Otros juraban que los destilaba él mismo en un cuarto oscuro de su casa, con hierbas que crecían solo en los patios abandonados. Lo cierto es que cada botella contenía un papel enrollado, amarillento, con una historia escrita en letra menuda. 'No los leas de día', advertía Don Anselmo. 'Los sueños se desvanecen con la luz'.

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1983-2019Plaza de Ciénaga
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Reportaje12 Jun 202611 min

La última biblioteca flotante

Ciénaga de Oro, Córdoba1995-hoy

Por Carlos Eduardo Vargas

Doña Eduviges tenía tres mil libros y una canoa. Decidió que no necesitaba más nada para ser feliz.

Cada martes y jueves, cuando la marea subía lo suficiente, amarraba su canoa al muelle del mercado y desplegaba los estantes de madera que su difunto esposo había construido. Los niños llegaban primero, siempre los niños, con las manos aún sucias de mango y sal. Ella les dejaba escoger cualquier libro, con una sola condición: que le contaran después qué habían soñado al leerlo. Los adultos, al principio, se reían. Hasta que uno de ellos, un pescador que no sabía firmar, pidió prestado El amor en los tiempos del cólera. Nunca lo devolvió. Pero cada mes, deja una carta en la canoa, con un resumen de lo que va entendiendo.

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1995-hoyCiénaga de Oro, Córdoba
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Crónica8 Jun 20269 min

Los lunes de doña Rosa

Mercado Público de Ciénaga1962-2026

Por Lucía Paredes

Doña Rosa vendía mangos desde antes de que el mercado tuviera techo. Conocía a cada cliente por el olor.

El lunes era su día favorito, aunque nunca lo admitiría. Decía que los lunes olían a promesas incumplidas, y eso le daba esperanza. 'La gente viene arrepentida del fin de semana', me dijo una vez, mientras seleccionaba mangos con una destreza que solo dan los años. 'Y los arrepentidos siempre compran más'. Ella sabía que el abogado llegaba a las ocho, que el profesor a las nueve y media, que la viuda del coronel nunca llegaba, pero su sobrina sí, siempre con una lista escrita en papel de estraza. Doña Rosa leía los nombres de los mangos como quien lee el destino: 'Haden', 'Tommy Atkins', 'Kent'. Cada uno tenía un cliente asignado. Cada uno, una historia.

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1962-2026Mercado Público de Ciénaga
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Reportaje2 Jun 202616 min

El piano que sobrevivió a la bananera

Zona Bananera, Magdalena1924-hoy

Por Diana Carolina Ruiz

Está en una sala de la casa de la familia Sánchez, con las teclas amarillas y el barniz agrietado. Todavía suena.

La United Fruit Company lo trajo en 1924, junto con cien mil toneladas de ambición. Era un Steinway modelo O, color caoba, con las patas talladas en forma de garras de león. Lo usaban en los bailes de los ingenieros norteamericanos, en la casa grande de la hacienda Macondo. Cuando la masacre de 1928, el piano quedó en medio del salón, con una bala incrustada en la tapa armónica. La familia Sánchez lo rescató en 1945, pagando dos vacas y una promesa de silencio. Hoy, el nieto de don Eustiquio toca valses cada 15 de noviembre, el día de la masacre. Dice que las teclas amarillas son el color de la memoria. Yo creo que es el color de la resiliencia.

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1924-hoyZona Bananera, Magdalena
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Crónica25 May 20267 min

Cartas al mar que no responde

Muelle de Ciénaga1985-hoy

Por Andrés Felipe Morales

Cada 15 de agosto, doña Clemencia camina hasta el muelle con una carta escrita a mano y la arroja al agua. Lleva cuarenta años haciéndolo.

La primera carta fue para su hermano, desaparecido en una tormenta de 1985. La segunda, para el mismo hermano, porque tal vez la primera se había perdido. La tercera, para su padre, que murió esperando noticias. La cuarta, para su madre, que dejó de hablarle cuando supo que ella también escribía cartas. Ahora escribe para todos los que se fueron y para los que vendrán. 'El mar no responde', me dijo, 'pero tampoco juzga'. Las cartas flotan unos minutos, se empapan, se hunden. Ella las ve desaparecer con una sonrisa que no sé interpretar. Tal vez es paz. Tal vez es hábito. Tal vez es la única forma que tiene de no sentirse sola en un pueblo donde todos se conocen demasiado.

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1985-hoyMuelle de Ciénaga